NO A LA INDIFERENCIA…

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Recientemente asistí como invitado a una muy selecta reunión de estudiosos de las ciencias sociales. Habían psicólogos, sociólogos, periodistas, relacionistas internacionales, politólogos, entre otras especialidades.

Éramos participantes de 45 países y el objetivo de este encuentro era tratar de entender el por qué los seres humanos de todas las razas, culturas, nacionalidades, credos religiosos, preferencia sexual, etc. estaban en una ascendente espiral y desinterés ante el mal, una creciente pérdida de “asombro” y la indiferencia frente a hechos lamentables de violencia y crueldad contra los animales, los (as) niños, los adultos mayores, la guerra y sus consecuencias, los atentados terroristas, el hambre y la corrupción en todo sentido. El constante ataque al medio ambiente con incendios forestales en todos los países prácticamente todos los años arrasando miles y miles de hectáreas con la consecuente pérdida de flora y fauna y el creciente abandono por la piedad, la misericordia, la solidaridad y el respeto.

Algunos estudiosos del comportamiento humano, después de haber analizado grupos enteros de jóvenes de este 18 a 25 años a quienes durante 24 horas se les sometió a mirar videos, imágenes, y testimonios con escenas de violencia brutal. Al principio mostraban niveles de angustia y temor, varios desistieron porque dijeron no tener la capacidad de verse frente a tanta crueldad y otros se desmayaron. Otros experimentaron mucha tristeza e ira y poco a poco pasaron a sentirse más cómodos al ver las imágenes con una actitud de “mientras no sea yo, pues no importa”.

Estas eras las primera señales que los estudiosos empezaron a ver con preocupación porque por ningún lugar se asomaba el deseo de ayudar, de aliviar el dolor ajeno, mientras que otros empezaban a mostrar niveles de morbo y satisfacción al ver semejantes atrocidades al punto que uno de ellos llegó hasta sentir placer sexual.

Según se explicaba como una razón para que esto suceda, es porque se ha vuelto tan común el provocar dolor en los demás que ya “da lo mismo” y por lo tanto se empieza a ver como algo normal. Hoy los principios básicos de convivencia, el “no hacerle al otro lo que no te gustaría que te hicieran” parece ser letra muerta porque al fin y al cabo, “venimos a sufrir a este mundo” pueden pensar algunos conformistas y seguidores del “valeverguismo” y si “eres buena persona” finalmente “te irás al cielo y serás eternamente feliz”, creerán quienes ven eso como una alternativa viable para paliar el duro camino en este mundo.

Sea cual el principio de valores de cada uno y en qué basa su vida, los seres humanos hemos perdido la capacidad de asombro, preferimos cerrar los ojos ante la crueldad y preferimos andar por el mundo como “caballo carretonero” sin mirar a ningún otro lado.

Lo cierto del caso es que hoy, lamentablemente, nos hemos hecho sumamente indolentes, apáticos, impasibles e indiferentes ante el dolor y la tragedia.

Quizás en parte los medios de comunicación, alimentando el morbo para generar más audiencia y lograr vender dos o más ediciones de la misma noticia, han generado que hoy parezca normal y hasta digno de imitar tanta violencia, maldad y dolor hacia todo ser vulnerable. “El mundo es de los fuertes” manejan como concepto algunos refritos mentales enraizados en la decrépita mentalidad del oscurantismo medieval.

Cuando vemos en las noticias semejantes atrocidades como los recientes hechos en Orlando, cuando diariamente se informa sobre actos de maldad contra animales, violencia hacia los (as) niños, la mujer, personas de la tercera edad, cuando vemos encarnada la maldad en quienes no tienen reparo en decapitar personas por no compartir su creencia religiosa, enjaular a seres humanos y prenderles fuego o hundirlos vivos en el mar para aumentar su dolor, cuando vemos millones de seres humanos tener que dejar sus casas, sus aldeas, pueblos y ciudades huyendo de la lluvia de bombas que caen sobre civiles y la persecución simplemente porque son de este o aquel credo aunque sea el mismo Dios, cuando vemos que alguien se embolsa millones de dólares dejando a miles de personas con hambre o en la ruina, etc porque el dinero ciega a más de uno, todo eso se supone debería generar tanta indignación que todos nos convirtamos en promotores de un verdadero cambio de actitud. Ya no depende del Gobierno, de la iglesia ni de los políticos. Depende de cada uno de nosotros inyectarnos ese nuevo combustible y arrancar el motor que nos impulse hacia otro tipo de sociedad. Sin embargo, hemos llegado a tal nivel de indiferencia pasiva que pasa todos los días lo mismo y ya ni siquiera nos provoca el mínimo sentimiento de compasión o angustia. Nos convertimos en simples espectadores de la tragedia y hasta generadores de la misma. La famosa frase “me da igual” que muchos utilizan para mostrar su total frialdad y debilidad.

Esto nos hace inferiores inclusive a nuestros hermanos menores, los animales que se ha descubierto sí tienen capacidad de asombro, sentir y sufrir cuando los de su misma especie sufren, No en vano el ser humano y el chimpancé solo tenemos de diferencie el 2% en nuestra genética.